Llevaba soñando con el otoño navarro desde que puedo recordar. Esas montañas, esos ríos, esos pueblos, esos bosques. Valió la pena la espera porque hemos podido disfrutar de todas las fases de la estación en la semana que pasamos allí. Llegamos por carreteras que serpenteaban entre montañas verdes, amarillas, marrones y rojas. Volvimos por carreteras cubiertas por las hojas ya caídas, entre montañas pobladas de troncos semidesnudos. Y, entre tanto, lluvia, sol y viento. No podía pedirle más. La primera parada de camino al valle fue Olite. Si hay un castillo, tengo que parar, es impepinable. Y éste es alucinante., para quedarse a vivir. El destino final era Abaurrea Baja, el pueblecito más tranquilo y encantador que pude encontrar. Y vaya si cumplió con las expectativas! La paz hecha pueblo. Nos alojamos en la Posada Sarigarri, que quiero recomendar muy encarecidamente porque, además de ser preciosa y súper acogedora, está regentada por Nùria y Txell, que son absolutamente encantadoras. Además, agradezco especialmente lo bien que se adaptaron a mi vegetarianismo y me hicieron sentir como en casa. Si me leeis, gracias! volveremos! Una vez allí, todo fueron días de rutas bajo las hayas, tardes de lectura, cafés en pueblos de cuento, fotos y más fotos, despertares con el canto del gallo, cenas frente a la chimena. VACACIONES, con mayúsculas. Por supuesto, Mario Neta no se lo quiso perder :) Volver del paraíso a la fría y contaminada capital fue un bofetón pero aún remoloneamos unas horas recorriendo las calles de Pamplona. Y llegamos a casa pero, un mes después seguimos con la cabeza llena de hojas secas :)
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Huyendo de Madrid y el calor, decidí empezar septiembre adelantándome a las estaciones. Pocos sitios para ello mejor que Viena y más si allí tienes como anfitriona a una amiga de siempre :) Tres días para recorrer una ciudad increíblemente colorida y alegre bajo el sol, pero aún más bonita bajo el manto gris y melancólico de la lluvia que nos acompañó prácticamente todo el tiempo. Otoño puro, anticipado. No podía gustarme más. A parte de las cosas obligadas, como pasear por jardines de palacios, ver el Danubio, callejear por el centro, recorrer el parque de atracciones más antiguo del mundo, comer schnitzel, tarta Sacher y beber cerveza, no pude resistirme al Cementerio Central. Absolutamente maravilloso. Confieso que no esperaba que me gustase tanto, pero me alegro muchísimo de haberme equivocado. Una ciudad muy asequible para ver en pocos días, salvo que quieras perderte en sus museos, y que te deja con muy buen sabor de boca, como el apfelstrudel ;)
Si tengo que quedarme con tres cosas, lo tengo claro. La absolutamente increíble luz de aquella tarde brumosa en los jardines de Schömbrunn. Quedarse sin aliento ante El beso, de Gustav Klimt . Descubrir que Viena es aún más bonita más allá del espejo, en los charcos. Frío, viento y sol. El día no podía ser más perfecto para el fotopaseo por El Retiro que tenía programado para estrenar noviembre. El otoño viste a Madrid con las mejores galas, de eso no hay duda.
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